All Chapters of La niñera virgen y el viudo que no sabe amar : Chapter 1
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Prólogo - El dolor que nunca enfrentó
El sonido de la lluvia aún resonaba en la memoria de Isabella. Ahora, el cielo estaba gris y mudo, pero el eco de la tormenta de la noche anterior seguía dentro de ella. La humedad en los labios, en la piel… y en el corazón.El colchón todavía guardaba el calor de su cuerpo. La marca de lo que habían sido.Sus sentidos seguían embriagados por el olor, el sabor, las caricias de Lorenzo.Pero todo aquello empezó a desvanecerse como un hilo de humo.Abrió los ojos lentamente y encontró su lado vacío, aunque aún caliente. Había estado allí hasta hace poco. Se giró, con la sábana pegada a su piel desnuda. Abrazó la almohada y sonrió por un instante — ese fue su gran error —, porque el sonido del silencio se quebró segundos después.Lorenzo estaba de pie, frente al espejo, abrochándose la camisa blanca con movimientos precisos e impecables. Como si cada botón que cerraba fuera más una pared alzada entre los dos. Ella se sentó, apretando la sábana contra el pecho.—Lorenzo… —lo llamó con la
Capítulo 1 - Los primeiros silencios
El taxi se detuvo frente a los portones de hierro forjado, altos e imponentes, como centinelas de un mundo que no era el suyo. Un mundo inalcanzable se escondía detrás de ellos, y por un instante, Isabella se sintió demasiado pequeña para cruzar aquella frontera.Bajó del coche con el corazón latiendo rápido y las manos temblorosas al sostener la correa del bolso. Dentro de él había dos cosas: una carta de recomendación escrita con cariño y urgencia… y una muñeca de trapo con ojos cosidos en forma de flor.Su vestido era sencillo, azul claro como el cielo de aquella mañana. Las mangas cortas, la cintura estilizada por un lazo de satén, y la falda, que caía un poco por debajo de las rodillas, se movía con el viento. El cabello recogido en una trenza lateral, y el rostro, delicadamente maquillado, mostraba una belleza suave, de esas que no buscan atención… solo tocan.Respiró hondo antes de presionar el interfono con los dedos sudorosos. —Residencia Vellardi. —La voz metálica resonó.
Capítulo 2 – Instrucciones, límites y ojos firmes
El reloj marcaba poco más de las siete de la noche cuando Isabella dejó el cuarto de Aurora en silencio. La niña finalmente se había dormido con la muñeca Cacau entre los brazos, después de una cena a la que apenas había tocado. Aún no había palabras entre ellas, pero ya se percibía un cambio sutil en el aire: menos resistencia, menos miedo.Isabella caminaba por los pasillos con los zapatos en la mano, respetando el silencio de la casa y los ecos pesados de aquella mansión hecha de mármol y ausencia.Fue entonces cuando oyó su voz. —Señorita Fernandes.Se detuvo. Lo primero que sintió fue el impacto de su presencia. Alta estatura, hombros anchos, la postura de un hombre acostumbrado a dominar cualquier lugar al que entrara. Llevaba una camisa blanca, con las mangas arremangadas hasta los codos, y un pantalón oscuro. El reloj en su muñeca brillaba discretamente.Pero lo que más impresionaba era el rostro.Tenía la belleza dura de alguien que había perdido más de lo que podía soporta
Capítulo 3 - Cuando las flores hablan por nosotros
Los días pasaban despacio en la mansión Vellardi. Lentamente, como quien teme pisar sobre vidrios rotos. Desde la primera mañana, Isabella se mantuvo firme en su promesa silenciosa: no forzaría nada. Aurora era un territorio delicado, y conquistarla sería como aprender un idioma nuevo — hecho de miradas, silencios y pequeños gestos.La niña hablaba poco. Cuando lo hacía, era con Antonella. Pero incluso la tía apenas alcanzaba fragmentos de la niña que existía antes del trauma.Entonces Isabella comenzó por lo que sabía: la rutina. Despertaba siempre antes del amanecer. Preparaba pequeños bocadillos con frutas cortadas en formas divertidas. Dejaba el uniforme de la escuela sobre la cama, aunque Aurora se negara a ir. Leía cuentos en voz baja desde los rincones, aun sin audiencia. Cambiaba las sábanas por telas más suaves. Plantaba flores en el jardín trasero. Y dejaba siempre una silla vacía frente a sí, aunque nadie se sentara.Poco a poco, Aurora dejó de apartar el rostro. Luego, dej
Capítulo 4 - Heridas y Silencios
Los días siguientes pasaron con el ritmo silencioso de una danza tensa, dos cuerpos que se movían en el mismo espacio, pero evitaban tocarse. La presencia de Isabella en la casa de los Vellardi se convirtió en algo constante, como el sonido del viento pasando por las hendiduras de las viejas ventanas. No hacía ruido, no exigía nada. Simplemente existía. Y aun así, parecía ocupar más espacio que cualquier otra persona que Lorenzo hubiera conocido.Aurora ahora sonreía. Una sonrisa pequeña, tímida, a veces escondida detrás de la muñeca. Pero sonreía. Todavía no hablaba; solo escribía en su cuaderno, y Isabella estaba atenta a todo.Aquella tarde, Isabella estaba en el jardín con Aurora. Sentada sobre el césped, contaba una de sus historias inventadas, mientras la niña intentaba equilibrar pétalos sobre los hombros de su muñeca. El sol se filtraba entre las hojas altas de los árboles, dibujando sombras delicadas sobre el cabello de Isabella, que se movía con el viento.Lorenzo observaba
Capítulo 5 - Entre silencios y gritos: la voz del amor
Isabella caminaba con pasos suaves y rítmicos por la acera sombreada por los árboles centenarios que bordeaban la calle. Los rayos del sol se filtraban entre las ramas altas, dibujando formas doradas en el suelo, mientras una brisa tibia y constante movía su cabello recogido en un moño suelto, casi descuidado. Llevaba un vestido de tirantes con estampado floral y sandalias simples, traje típico de quien creció en un lugar pequeño y tranquilo. Su respiración era serena, pero sus ojos estaban atentos; cada gesto, cada sonido, cada detalle a su alrededor parecía más vivo aquella tarde.A su lado, Aurora caminaba con pasos cortos y un tanto torpes, como si el mundo fuera demasiado grande para contener su curiosidad. La niña sostenía con firmeza la mano de Isabella, sus pequeños dedos entrelazados con los de ella, y ante cada nuevo sonido o imagen, sus ojos enormes se abrían como si descubrieran el universo por primera vez.Fue Isabella quien insistió en recogerla personalmente aquel día.
Capítulo 6 - Voces que sanan
La manija giró con un leve chasquido, y la puerta se abrió lentamente, dejando entrar la suave luz del atardecer. Isabella cruzó el umbral de la casa con pasos lentos, el rostro pálido, el cabello despeinado por el viento y los ojos humedecidos, aunque firmes. En sus brazos, bien acurrucada contra su cuello, Aurora venía en silencio, aún temblando, como si su pequeño mundo hubiera sido sacudido y ahora solo encontrara refugio en el calor de aquel abrazo.A pesar del brazo herido, que latía sin descanso, y de la sangre que aún se deslizaba por su piel, Isabella la sostenía con ternura, como si el dolor no tuviera ninguna importancia. Porque para ella, Aurora era más liviana que el aire y, al mismo tiempo, más preciosa que cualquier tesoro.El sonido de pasos apresurados resonó por el vestíbulo. —¿Isa? —llamó una voz desde lo alto de la escalera.Antonella apareció en la parte superior de los peldaños, aún sosteniendo la lana con la que estaba tejiendo, el cabello recogido en un moño f
Capítulo 7 - La voz que rompió el silencio
La campanilla sonó como un trueno suave en la mansión silenciosa, reverberando por las paredes con una urgencia innegable. El sonido hizo que Antonela se sobresaltara en el sofá, donde estaba sentada con Aurora aún acurrucada en su regazo. Su corazón ya latía acelerado desde el momento en que vio el estado del brazo de Isabella, pero ahora palpitaba con más fuerza, con esperanza y tensión mezcladas.Marta se levantó de un salto, el paño de cocina olvidado sobre la mesita de centro, y corrió hacia la puerta. Sus pasos resonaron apresurados sobre el mármol blanco del vestíbulo.Al abrir, la imagen del doctor Stefanno apareció con nitidez e imponencia frente a ella. —Gracias a Dios —exclamó Marta, con la respiración entrecortada—. Llegó rápido… es la niñera. La atacó un perro. Está herida, está sangrando…El médico, un hombre joven de poco más de treinta años, elegante incluso bajo la presión del momento, asintió mientras se quitaba la correa de cuero del maletín del hombro. Llevaba una
Capítulo 08 - No me sueltes la mano
La habitación estaba envuelta en una penumbra suave, casi mágica. La lámpara del velador, en un rincón, derramaba un resplandor tibio y dorado que pintaba sombras delicadas sobre las paredes rosadas. Los juguetes reposaban inmóviles en los estantes, como si respetaran el silencio reverente de aquel atardecer que se transformaba lentamente en noche, una noche que parecía haberse detenido en el tiempo para albergar el momento más precioso de todos.Isabella estaba sentada en la cama, recostada contra las almohadas, con el brazo sano apoyado en el regazo. El otro, aún vendado y palpitante, descansaba con cuidado sobre el edredón. Pero el dolor ya no era lo que importaba. Lo que llenaba su pecho ahora era otra cosa —un calor dulce, poderoso— de la presencia silenciosa y luminosa de la pequeña Aurora, sentada a su lado.La niña estaba concentrada. Sus deditos ágiles doblaban con esmero la almohada detrás de la espalda de Isabella, intentando dejarla más cómoda. Luego acomodó la punta del e
Capítulo 09 - El peso del silencio
La casa estaba en silencio. Marta ya se había ido a dormir. Isabella y Aurora, allá arriba, parecían haber encontrado la paz en el dormitorio. Pero Antonela, sin embargo, no lograba aquietarse.Sentada al borde de la cama, con el teléfono fijo en la mano, dudó unos segundos. Pasó los dedos por el pelo, miró al techo, respiró hondo. Sabía que a él no le gustaban las llamadas fuera de hora. También sabía que probablemente contestaría con irritación.Pero tenía que llamar. Tenía que contárselo.Con el corazón apretado, marcó el número de Lorenzo. Sonó dos veces. Tres. Cuatro.La noche comenzaba a caer, tiñendo el cielo de tonos dorados, cuando el teléfono de Lorenzo vibró sobre el escritorio, entre montones de papeles, contratos y la soledad habitual de quien vive entre paredes de mármol y silencio.Contestó sin mirar siquiera la pantalla, con la voz firme y seca de siempre: —¿Sí? —respondió del otro lado de la línea, con el tono grave e impaciente.—Soy yo, Antonela —respondió su madr