All Chapters of La niñera virgen y el viudo que no sabe amar : Chapter 31
- Chapter 40
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Capítulo 29 - El deseo vive en el silencio
El atardecer teñía la mansión Vellardi de dorado, derramando una luz tibia sobre los pasillos silenciosos. Las ventanas reflejaban tonos de cobre, y las sombras danzaban por las paredes como susurros olvidados.Isabella cerró con cuidado la puerta del cuarto de Aurora, sintiendo el corazón liviano al mirar, una última vez, a la niña dormida. Dormía abrazada a su nueva muñeca, Lila, y a la inseparable Cacau. La historia de la noche, leída con voz baja y ritmo cadencioso, había cumplido su papel como un hechizo suave.Con los brazos cruzados, Isabella empezó a caminar por el pasillo. Sus pies descalzos tocaron el suelo de madera con delicadeza, y el silencio a su alrededor parecía envolverla con calma. Hasta que oyó pasos. Firmes, decididos, precisos.Su cuerpo se tensó. Conocía ese sonido. El compás exacto, el peso en cada pisada. Lorenzo.El aire pareció volverse más denso, como si cada partícula cargara electricidad. Aceleró el paso, pero no tanto como para parecer que huía. No querí
Capítulo 30 – La huida que no apaga el fuego
La mansión de los Vellardi reposaba bajo la penumbra de la noche, pero en su interior ardía un infierno silencioso. Lorenzo permanecía inmóvil frente a la chimenea, mientras el fuego chispeaba en tímidas llamaradas, incapaz de rivalizar con lo que ardía dentro de él. El pecho se alzaba con dificultad, las manos estaban cerradas en puños. La camisa, entreabierta, delataba la piel caliente, húmeda, marcada por los rastros del recuerdo más maldito… y más deseado de todos.Isabella.La imagen de ella, apoyada contra la pared de aquel pasillo, seguía viva en su mente. Los ojos verdes, abiertos en asombro; los labios entreabiertos; el pecho agitado. Su cuerpo, simplemente, reaccionó. Los pantalones estaban demasiado apretados. Su sexo estaba rijo, dolorido, pulsaba en agonía. No había sido saciado, había provocado. Ella no lo tocó, pero su mirada... esa maldita mirada hizo más que mil manos.Odiaba eso. Odiaba el hecho de que ella tenía solamente diecinueve años. Odiaba aún más el hecho de
Capítulo 31 - Cuando la noche no te deja huir
La tormenta no daba tregua.El agua caía con una furia casi divina. La lluvia golpeaba el parabrisas con la violencia de mil verdades que no quiero enfrentar. Era intensa, implacable, casi punitiva. El tipo de lluvia que parece querer arrancarte de la piel —y del alma— todo lo que ya no sirve. Pero ni toda agua, ni siquiera un diluvio, lograrían purificarme de la única cosa que me consume por dentro: Isabella Fernandes.Mis dedos se aferraban al volante con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos. El limpiaparabrisas apenas podía apartar la tormenta que empaña mi visión, pero eso era lo de menos. Podía estar conduciendo en la oscuridad, con los ojos cerrados, en medio del fin del mundo, y aun así nada de lo que estuviera afuera se compararía con la devastación que llevo dentro.Todo en mí era ruina.Ni el sexo frenético y vacío, ni los cuerpos sudorosos y jadeantes de mujeres que se arrojaban a mi cama buscando una noche de placer, lograban ofrecerme alivio. Ni siquiera Vale
Capítulo 32 - El umbral del silencio
Isabella FernandesLa mansión de los Vellardi se sumergía en un silencio casi sobrenatural después del atardecer. Cada piedra, cada pintura antigua en las paredes, cada pliegue de las pesadas cortinas guardara los secretos de la noche y se negara a revelarlos. El aire se volvía más espeso a medida que las horas avanzaban, y el sonido más leve resonaba demasiado alto, como si profanar aquel silencio fuera un crimen. Esa casa, con sus largos pasillos y su iluminación tenue, recordaba a los castillos olvidados de los cuentos sombríos… y, aquella noche, yo me sentía una princesa encerrada, pero no a la espera de un salvador.Esperaba algo mucho más peligroso.Esperaba por él. No podía dormir. Me moví una vez más, buscando algún consuelo entre las sábanas ahora enredadas alrededor de mis piernas. El tejido estaba demasiado caliente contra mi piel. Mi respiración se había vuelto irregular y, por más que cerrara los ojos, él seguía allí. Lorenzo. Siempre él.La imagen de su rostro me perseg
Capítulo 33 - La tentación arde en silencio
Isabella FernandesMi rostro se encendió en el mismo instante en que el recuerdo del sueño cayó sobre mí con la fuerza de un rayo. —Mierda… —susurré, llevándome las manos al rostro, como si pudiera esconderme de mí misma y de lo que había sucedido.Pero ya era tarde. Aquellas imágenes estaban grabadas en mí con la nitidez de un secreto sucio. Ardiente. Irresistible. Se proyectan detrás de mis párpados, danzando como sombras prohibidas, arrastrándome de vuelta a lo que debería haber sido solo un sueño, pero que parecía todo, menos irreal.La forma en que él me empujaba contra la pared, dominando mi cuerpo con aquella mirada implacable.El calor de su boca explorando mi cuello, sus manos firmes sujetando mi cintura como si tuviera todo el derecho de poseerme. Y las palabras… Dios, aquellas palabras. Palabras que Lorenzo jamás diría despierto. Palabras que me rompían por dentro precisamente por eso.“Me provocas incluso cuando finges que no me estás mirando…” “Abre las piernas para mí,
Capítulo 34 - La mañana: silencios, miradas y una visita inesperada
Isabella despertó antes de que el sonido del despertador pudiera llenar la habitación con su timbre metálico.Sus ojos se abrieron lentamente, aún nublados por los restos del sueño que la había acompañado durante toda la madrugada. Un sueño que no había sido leve ni fugaz. Era de esos que dejan marcas. Que se clavan bajo la piel como fuego.Su pecho subía y bajaba con fuerza, como si acabara de emerger del fondo del agua. Sus muslos, aún tensos, delataban el estado en el que había despertado: temblorosa, caliente, húmeda. Tan entregada al deseo que ni siquiera el mundo real parecía bastar para contenerla.Se había tocado y había llegado al orgasmo soñando con él.Solo pensar en eso, hizo que el rubor se extendiera por sus mejillas, como si fuera posible esconder de sí misma la verdad que ardía en cada célula de su cuerpo. La vergüenza intentó ocupar el lugar del placer, pero era inútil. El cuerpo no miente, y el suyo había gritado durante la noche por algo que intentaba negar a toda c
Capítulo 35 - Nunca he sido elegida
Vereda CataniA la gente le gusta repetir que el tiempo lo cura todo. Que el dolor se disuelve, que el duelo se apacigua, que el amor se vuelve un recuerdo dulce.Mentira.El amor que no fue vivido, el que se quedó atrapado entre los dientes por orgullo o cobardía, ese no pasa. Fermenta. Se vuelve vinagre, luego veneno. Y, en mi caso… se convirtió en obsesión.Yo sé la verdad. La cargo conmigo. Nunca la olvidé, nunca la perdoné. Y, por encima de todo… nunca desistí.Lorenzo Vellardi.Su nombre en silencio me provoca un escalofrío por todo el cuerpo. No el tipo de escalofrío encantado, romántico… no. Es el tipo de estremecimiento que precede a un ataque. El que me invade cuando recuerdo todo lo que me fue arrebatado, o mejor dicho, todo lo que jamás me fue concedido.Pero no es amor lo que siento. El amor es pequeño. El amor es para niñas que escriben en diarios con bolígrafos color rosa. Lo que yo siento por Lorenzo es más profundo. Más oscuro. Es necesidad. Es hambre.Es obsesión.Ap
Capítulo 36 - Flores en el silencio
El sol de la mañana acariciaba suavemente los jardines de la mansión Vellardi. Los rayos dorados danzaban entre las hojas de los árboles, iluminando con delicadeza el césped recién cortado y los pétalos vibrantes de las flores recién plantadas. El aire llevaba el perfume dulce de la tierra húmeda, mezclado con el leve aroma de los jazmines. Isabella se arrodillaba sobre la hierba, al lado de Aurora, que llevaba un vestidito floral y unos pequeños guantes de jardinería.—Cuidado con esa raíz, mi amor —dijo Isabella con dulzura—. Tienes que cavar al lado, así la flor no se lastima.Aurora asintió, con la lengua asomando entre los labios en una expresión de profunda concentración, cavando con cuidado junto a un brote de lavanda. Isabella la observaba con ternura, pero su mente… su mente estaba lejos. Lejos de allí. En otra habitación. En otra presencia.Vereda.El nombre surgió en su mente como una sombra no deseada, un recuerdo que habría querido borrar, pero que insistía en permanecer.
Capítulo 37 - Entre risas, animales y un pingüino apasionado
El cielo de Boston estaba increíblemente azul aquella tarde. Un azul tan claro y sereno que hacía que el alma se sintiera más ligera, como si el mundo hubiera sido lavado durante la madrugada y ahora despertara limpio, sonriente. El viento traía el aroma fresco de las flores recién regadas, y el jardín de la mansión aún relucía bajo el toque suave de la mañana. Aurora corría entre los canteros, el cabello suelto volando como seda dorada al viento, el vestidito rosa danzando alrededor de sus rodillas finas.—¡Más rápido, Isa! ¡Maaás ráaápido! —gritaba, con los bracitos abiertos como si fuera a volar.—¡Calma, princesa! ¡Los flamencos no van a escapar!Soltó una risa tan dulce, tan alta, que el sonido parecía capaz de espantar cualquier tristeza. Y entonces tropezó —como siempre hacía cuando se entusiasmaba demasiado— y cayó directamente en mis brazos, que ya estaban listos para sostenerla.—¡Soy demasiado rápida! —dijo con orgullo, acurrucándose en mi regazo.—Eres un cohete disfrazado
Capítulo 38 - Entre puertas de cristal y silencios guardados
Isabella FernandesBoston parecía más imponente vista desde las amplias avenidas que llevaban hasta la Holding Vellardi & Renzi. Los edificios altos, de cristal, cortaban el cielo en líneas rectas, como si quisieran demostrar algo al mundo, como si necesitara reafirmar su poder.Estacioné el coche con cautela en el aparcamiento de visitantes. Antes incluso de apagar el motor, sentí la mano pequeña de Aurora tocarme el hombro.— Isa… —susurró, abrazando el pingüino de peluche contra el pecho—. ¿Él va a ponerse feliz, verdad?Sonreí con ternura y acaricié su mejilla con el dorso de los dedos. — Claro que sí, mi amor. Él te ama.Ella sonrió y saltó del coche con la ligereza de las niñas que desconocen el peso de lo que no se dice. Corrió por el estacionamiento con el pingüino en la mano, girando sobre sí misma, el vestidito azul girando como una flor al viento.Caminar junto a ella por los pasillos acristalados de la empresa fue como entrar en otro universo: un mundo donde las corbatas