All Chapters of La niñera virgen y el viudo que no sabe amar : Chapter 41
- Chapter 50
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Capítulo 39 - Puerta cerrada
Lorenzo VelardiEl suave clic de la puerta cerrándose detrás de Isabella y Aurora podría haber pasado desapercibido para cualquiera. Pero no para mí. Para mí, sonó como un estruendo ahogado, como una sentencia final. Me quedé, inmóvil, como si el simple roce de la madera contra el marco tuviera el poder de paralizarme por completo. El silencio que siguió fue ensordecedor, cargado de todo lo que yo quería ignorar.Mis manos estaban sobre el escritorio, rígidas. En la palma aún quedaba el calor del abrazo de mi hija. Y el aire… el aire todavía tenía ese olor dulce de infancia, mezclado con el perfume leve, indefinible, de Isabella.Alguna fragancia floral, suave, que se quedaba adherida a los rincones de la sala como un recuerdo que se niega a marcharse.Ella estuvo aquí. Y eso era un problema. Solté un suspiro pesado y me recosté en la butaca de cuero. El tapizado crujió bajo mi peso, pero era dentro de mí donde el peso era mayor. Una presión constante en el pecho. Como si algo estuvi
Capítulo 40 - El silencio y el pecado
Isabella FernandesLa mansión aún parecía dormida, como si estuviera atrapada en un trance silencioso después del huracán del día anterior. El aire estaba denso, cargado de recuerdos que aún vibraban bajo mi piel. No conseguía olvidar la forma en que Lorenzo me defendió, cómo su voz cortó el aire en defensa de mi honra, feroz y protectora. Aquello me removió por dentro de una manera que no sabía explicar. Ni quería. Solo sabía sentir.Necesitaba encontrar una forma de mostrarle mi gratitud. No con palabras vacías, sino con un gesto silencioso, a la altura de la intensidad que nos envolvía. Entonces, cuando vi a Marta preparando la bandeja del desayuno, algo dentro de mí se encendió.—Déjame que yo la lleve —dije, con la voz más baja de lo que pretendía.Ella me miró, sorprendida. Tal vez había notado la inquietud en mis ojos, pero no dijo nada. Solo asintió y me entregó la bandeja con una mirada cargada de cautela.Subí con la bandeja del desayuno, tratando de convencerme de que era s
Capítulo 41 - La habitación: entre el placer y la locura
Isabella FernandesEntré en la habitación como quien invade su propio límite. Como si el aire hubiera cambiado de densidad, volviéndose pesado, espeso, casi irrespirable. Cerré la puerta detrás de mí con un movimiento rápido y tembloroso, porque sabía que necesitaba privacidad, no para protegerme de alguien. Pero para tratar de protegerme... de mí misma.Mis manos aún temblaban. El corazón, descompasado, latía con violencia dentro del pecho, como si estuviera tratando de escapar. Mi cuerpo, desesperado, no soportara más contener todo lo que sentía.No había paz en mí. Sólo llamas. Demasiado deseo, demasiado recuerdo, demasiado Lorenzo. La escena se repetía ante mis ojos con un realismo cruel: su cuerpo, desnudo, cubierto de vapor y tensión, los músculos contraídos, el placer estampado en el rostro contenido. Y la mano... esa maldita e hipnotizante mano deslizándose por el propio sexo con una precisión firme, erótica, inevitable. La forma en que se masturbaba y cómo gemía mi nombre. M
Capítulo 42 - Su perfume, aliento del pecado
Lorenzo VelardiEl agua caía por mi espalda con la fuerza de una catarata, como si quisiera arrancar de la piel el resto de fiebre que aún palpitaba bajo los músculos. Endurecía, resbalaba, se enfriaba... pero no se llevaba nada. El deseo seguía en mí, pegado a la carne, atrapado en la memoria de mi propio gemido. Isabella… maldita Isabella.Cerré los ojos, intentando concentrarme en el sonido del agua. Pero bastaba con la cortina de vapor para que todo se proyectara ante mí con una nitidez cruel: aquel suspiro que escapó de mis labios, el primero desde que aprendí, a duras penas, a cerrar todas las puertas al placer. Quise creer que era solo una descarga fisiológica, un alivio rápido.Mentira.Fue una desesperación lenta, ardiente y con un rostro: el suyo, con esos ojos enormes que me acusan sin decir palabra.Cuando por fin giré la llave y el silencio devoró el box, me di cuenta de cuánto aún temblaba. No de frío, sino de resistencia. Envolví la toalla a la cintura y miré el espejo
Capítulo 43 - El pecado sentado a la mesa
La mesa de la terraza estaba puesta con una elegancia casi cruel aquella mañana. El mantel de lino beige ondeaba suavemente con la brisa, dibujando pliegues delicados, como si bailara al compás del malestar que apretaba el pecho de Isabella. La luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles, dorando la superficie de la loza, los cubiertos plateados, los vasos de cristal y las tazas de porcelana fina. Todo allí parecía perfecto.Todo, menos ella.Isabella se sentó en el extremo más alejado de la larga mesa, como si buscara refugio detrás de la distancia física, como si eso bastara para disimular el torbellino que rugía dentro de ella. Sus manos descansaban en el regazo, pero no estaban quietas. Los dedos se entrelazaron, se apretaban, se soltaban, en una coreografía silenciosa de nervios y vergüenza.El rostro le ardía. La sangre corría demasiado caliente. Demasiado viva. Sentía el calor deslizarse por dentro, como si aún estuviera entre las sábanas, jadeante, estremecida, con
Capítulo 44 - Isabella está en todas partes
El aroma del café era el mismo de todas las mañanas. Fuerte, con cuerpo, con ese amargor refinado que él apreciaba en silencio. La mesa de la terraza estaba impecable, como siempre: los platos alineados, las frutas cortadas en proporciones perfectas, el mantel de lino claro danzando con la brisa suave que atravesaba el jardín.Pero Lorenzo apenas lo notaba. Nada de aquello importaba, porque ella estaba allí.Isabella.Sentada a la mesa, al otro lado, con un aire inquieto que intentaba disimular, sin éxito. Sus hombros rígidos, los dedos temblorosos, se entrelazan sobre el regazo y luego se separan. Sus ojos fingían interés en el plato frente a ella, pero no veían nada. Y el rubor en sus mejillas… no era de timidez. Era de culpa, de deseo, de recuerdo.Y Lorenzo sabía exactamente de qué se acordaba.Desde el instante en que Marta, distraída, comentó con un gesto: —Fue Isabella quien llevó el café esta mañana…El mundo de Lorenzo giró unos grados hacia la izquierda. Solo había confirma
Capítulo 45 - Entre trazos y sonrisas
Habían pasado algunos días, y la mansión Velardi estaba envuelta en un silencio acogedor, interrumpido solo por las risas infantiles que provenían del piso superior. Aquel sonido llenaba el corazón de Lorenzo como un rayo de sol atravesando las nubes pesadas que aún colgaban sobre su pecho después del incidente con Vereda y la posibilidad de que Isabella lo hubiera visto en un momento íntimo.Lentamente, aflojó el nudo de la corbata todavía en el pasillo, mientras las risas inocentes de su hija lo guiaban como un sendero de luz. Al pasar por la sala, dejó el abrigo colgado en la silla y el saco doblado cuidadosamente sobre el brazo del sofá. Subió los escalones en silencio, sus pasos firmes amortiguados por la alfombra aterciopelada. A medida que se acercaba al cuarto de Aurora, el sonido del juego se volvía más nítido: voces suaves, risitas ahogadas y la inconfundible dulzura de Isabella intentando parecer seria.—¡Voy a encontrarte, no sirve de nada esconderse! —su voz sonaba divert
Capítulo 46 - Entre el luto y el deseo
La mansión estaba sumida en el más absoluto silencio. Afuera, el viento mecía suavemente los árboles del jardín, y las ramas proyectaban sombras largas y retorcidas por las ventanas del segundo piso. En el interior, solo el tic-tac constante del reloj del salón resonaba como un recordatorio cruel de que el tiempo seguía su curso, incluso cuando el corazón insistía en quedarse atrapado en el pasado.Lorenzo subía las escaleras despacio, con el blazer colgando del antebrazo, los pasos pesados, como si en cada peldaño cargara más peso que en el anterior. El sonido de las risas de Aurora con Isabella aún danzaba en sus oídos, como una melodía suave que, por algún motivo, seguía tocándole más de lo que debería.Esa tarde, al ver a Isabella con los ojos vendados tropezar y caer directamente en sus brazos, el mundo pareció detenerse por unos segundos. El perfume dulce de su cabello, el calor del cuerpo rozando el suyo… la mirada asombrada y fascinada que ella le lanzó al quitarse la venda y
Capítulo 47 - Heridas en el silencio
Habían pasado ya cuatro días desde aquella tarde en el cuarto de Aurora. Cuatro días desde que Isabella sintió los brazos de Lorenzo rodeando su cuerpo, el calor de aquel contacto que parecía querer protegerla de todos los vientos del mundo. Cuatro días desde que, por un instante raro e inexplicable, los ojos de él se encontraron con los suyos sin barreras, sin esa coraza hecha de arrogancia y distancia, reflejando una intensidad cruda y feroz, como si él pudiera ver cada centímetro de su alma y no tuviera miedo de sumergirse en ella.Y aun así… desde entonces, él la ignoraba por completo.Como si nada hubiera pasado. Como si aquel momento entre ellos no hubiera sido real. Como si ella lo hubiera soñado todo.Lorenzo caminaba por la casa como una sombra. Pasaba junto a Isabella en los pasillos como si ella estuviera hecha de aire, invisible, sin peso, sin voz. Ya no había miradas furtivas, ni preguntas sobre Aurora, ni silencios llenos de significado. Solo había ausencia. Fría. Consta
Capítulo 48 - El vínculo invisible
Los días seguían pasando, arrastrándose como hojas presas en el viento, sin una dirección exacta. No había discusiones abiertas, ni palabras exaltadas, ni tampoco declaraciones que pudieran desgarrar el silencio denso que se había instalado entre ellos.Pero algo había cambiado. No se trataba de gestos evidentes ni de alteraciones ruidosas: era algo sutil, como el pliegue de un lino antiguo que, aún después de lavado y estirado, conserva para siempre la marca de lo que un día fue. La relación entre Lorenzo e Isabella estaba marcada por ese pliegue. Invisible, pero imborrable.Aurora, en cambio, florecía como un pequeño árbol en primavera. Sus risas volvían a llenar la casa, y ahora le gustaba pasar las tardes en el jardín, con las rodillas manchadas de tierra y las puntas de los dedos coloreadas de pintura. Le pedía a Isabella que le contara historias mientras dibujaba: historias sobre reinos flotantes, barcos hechos de nubes, princesas valientes que cruzaban desiertos en busca de sí