All Chapters of 3 RAZONES PARA ODIAR: Chapter 21
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CAPÍTULO 21. Una noche para recordar
CAPÍTULO 21. Una noche para recordar—¡Un día…! —aseguró Athena, sujetándose de sus hombros antes de empezar a moverse a un ritmo lento y profundo. El mundo se redujo a ese instante: el modo en que su sexo lo envolvía, caliente y apretado, como un puño de seda que lo estrangulaba en la mejor manera posible. Ella lo tomó todo, hasta el fondo, y sus paredes palpitaban contra su piel como un segundo corazón desesperado.Un gemido cavernoso escapó de la garganta de Cassian y sus dedos se crisparon, deseando agarrar esas caderas, hundirse más profundo, follarla hasta que ninguno de los dos pudiera caminar. Pero no podía. Solo podía recibir y estaba bien con eso.Al principio Athena se regodeó en embestidas lentas, casi perezosas, como si estuviera saboreando la sensación de tenerlo dentro. Sus pechos se mecían con cada movimiento y Cassian solo quería tenerlos en su boca. ¿Era demasiado pedir?Pero de pronto el ritmo cambió. Las caderas de Athena empezaron a chocar contra las suyas con má
CAPÍTULO 22. Crueldad y deseo
CAPÍTULO 22. Crueldad y deseoCassian no se volvió inmediatamente. Dio un sorbo pausado a su café, inhaló con calma y solo entonces giró la cabeza, lo justo para poder mirarla por encima del hombro.—¿Detenerte? —repitió con aire distraído—. Linda, literalmente me até las manos para no tocarte.Athena parpadeó y sus ojos fueron instantáneamente a una de sus muñecas, que aún tenía una ligera marca roja en la piel, como recordatorio de cuánto había peleado contra el cinturón.—Fuiste tú quien decidió treparse encima de mí —continuó con total normalidad—. Y, sinceramente, no recuerdo haber visto a alguien tan… insistente.Athena sintió que la cara le ardía hasta las orejas.—¡Eso no es excusa! ¡Yo no estaba en mis cinco sentidos! ¡Tú lo sabías!Cassian se encogió de hombros.—Por eso no te toqué. No puedo hablar de tus cinco sentidos, pero es sexto… ¡bueno, doy fe de que el sexto te funciona muy bien!Athena sintió que quería ahogarlo allí mismo con sus propias manos, pero la verdad era
CAPÍTULO 23. Amenazas
CAPÍTULO 23. AmenazasAthena se miró al espejo del baño con el teléfono aún en la mano.“En un rato”, se dijo, intentando convencerse de que esa promesa no era otra forma de huir. Le pediría ayuda a Harry, pero antes de ponerse a pensar qué le diría exactamente, unos golpes firmes en la puerta la sobresaltaron, tan secos que casi se le cayó el teléfono.—Athena —dijo la voz del ama de llaves desde afuera—. Apúrate. El señor pidió su desayuno y quiere que se lo sirvas tú.Athena cerró los ojos un segundo, como si ese gesto pudiera devolverle algo de calma. ¡Bueno, la siguiente humillación era servirle después de todo lo que había pasado la noche anterior! Así que guardó el teléfono en el bolsillo, se acomodó el cabello y salió hacia la cocina.—Ya voy —respondió, con un tono que intentó sonar obediente y neutro.Allí, una de las muchachas ya preparaba una bandeja con café, jugo y algo de pan tostado. El aroma le resultó reconfortante y cruel al mismo tiempo.—Toma, llévala tú —dijo la
CAPÍTULO 24. Rabia y oportunidad
CAPÍTULO 24. Rabia y oportunidad—¿Que no lo suelt…?Athena no entendió qué estaba pasando hasta que vio a Caroline inclinarse sobre la mesa y tomar el pequeño aparato para derretir la cera de depilación. El zumbido bajo del calentador le heló la espalda y cuando vio la cera líquida brillar en el recipiente, supo que aquella mujer estaba incluso más loca de lo que aparentaba.—Señorita Caroline, por favor… —dijo Athena, retrocediendo un paso, pero ella ni siquiera la miró.Sus dedos, firmes y precisos, sostuvieron el aparato sobre ella y su sonrisa se convirtió en una mueca llena de satisfacción.—Esto te enseñará a escucharme —respondió Caroline con un tono tan bajo como rabioso—. ¡Ahora quédate quieta!—No, por favor, no… —Athena negó con la cabeza, mientras el corazón le golpeaba el pecho demasiado rápido.La cera cayó de golpe. No fue una cascada, fue peor: un hilo espeso que se extendió sobre la piel de sus manos y se pegó a ellas como una segunda capa. El dolor fue inmediato, pun
CAPÍTULO 25. El precio de una vida
CAPÍTULO 25. El precio de una vidaCassian llevaba casi una hora sentado frente a aquel potencial cliente de la naviera cuando el teléfono vibró por tercera vez sobre la mesa. Intentó ignorarlo, pero el nombre que apareció en la pantalla le tensó la mandíbula. No era alguien que llamara sin motivo, así que se disculpó con un gesto seco, se levantó y contestó alejándose unos pasos.—Habla —dijo en voz baja y controlada.—Señor, como me encomendó, estoy vigilando a la señorita Harrow, y quería informarle que escapó.Durante un segundo, Cassian no reaccionó. Luego, algo oscuro se le cruzó por el rostro y sus dedos se cerraron alrededor del teléfono con tanta fuerza que parecía a punto de romperlo.—¿Que qué? —siseó.—May la mandó con las chicas de las compras y ella huyó. Cassian colgó sin decir ni una palabra. Volvió a la mesa, pero ya no era el mismo hombre que se había levantado minutos antes, y el cliente notó el cambio de inmediato.—¿Pasa algo? —preguntó, incómodo.—Pasa que la re
CAPÍTULO 26. Devuelta
CAPÍTULO 26. DevueltaAudrey empujó a Athena dentro del auto con un movimiento seco, sin mirarla siquiera, y cerró la puerta de un golpe que resonó demasiado fuerte en el estacionamiento del hospital. Dio la vuelta por delante del vehículo y subió al asiento del conductor, arrancando casi de inmediato, como si temiera que alguien pudiera detenerla.No dijo una sola palabra durante el trayecto. Condujo con la vista fija al frente, las manos rígidas en el volante, como si cualquier gesto de duda pudiera hacerla perder el control.Y Athena iba a su lado, en silencio, con la mirada perdida en la ventana sin ver realmente nada, sintiendo que el mundo exterior avanzaba demasiado rápido para su cabeza. Cada semáforo en rojo parecía una pausa insoportable; cada bocinazo, una agresión directa a sus nervios ya tensos. Era como si estuviera allí y a la vez no, como si entendiera lo que pasaba, pero le pasara a otra persona...Y no reconoció a dónde iban hasta que fue demasiado tarde, porque el a
CAPÍTULO 27. Una certeza peligrosa
CAPÍTULO 27. Una certeza peligrosaCassian llegó a la casa dos horas después como un huracán. La puerta principal se abrió de golpe y su presencia llenó el vestíbulo con una tensión inmediata, densa, casi eléctrica. No se quitó el abrigo, no miró a nadie, y su voz estalló antes incluso de que alguien pudiera saludarlo.—¡May! ¿Dónde demonios está Athena? gritó y el eco de su voz se estrelló contra las paredes altas.El ama de llaves apareció casi corriendo desde el pasillo, pálida, con el gesto tenso y los hombros rígidos, como si ya supiera que aquello iba a ser una tormenta imposible de esquivar. Se detuvo a unos pasos de él, juntando las manos, buscando las palabras correctas.—Señor… yo…—¡¿Por qué la dejaste salir?! ¡¿En qué estabas pensando?!May tragó saliva y bajó la mirada, como si repasara mentalmente todo lo que había pasado en los últimos días.—La verdad es que tenía más miedo de dejarla dentro que de dejarla ir —dijo al fin—. La señora Caroline no parece estar en sus cab
CAPÍTULO 28. Algún día
CAPÍTULO 28. Algún día“Quemaduras”. La palabra quedó flotando como una bomba con miedo de estallar, y Cassian se volvió hacia May con un gruñido bajo, cargado de una furia que no necesitaba alzar la voz para resultar peligrosa. Tenía la mandíbula tensa, los hombros rígidos, y los ojos clavados en ella como si estuviera a punto de arrancarle la verdad a la fuerza.—Explícate —dijo—. ¿Cómo que quemaduras?El tono fue seco, áspero, sin margen para evasivas, y el ama de llaves se envaró. Llevaba años trabajando para los Wolf, conocía los cambios de humor de sus jefes, pero pocas veces había visto a Cassian con esa mezcla de rabia contenida y algo más… algo que se parecía demasiado al miedo.—No sé si habrá hecho alguna alergia pero lo que tiene en las manos… son quemaduras.Cassian dio un paso hacia ella, lento, deliberado, obligándola a alzar la vista.—¿Y cómo demonios se las hizo? —gruñó.May tragó saliva y miró un segundo a Athena, inconsciente sobre la cama, antes de volver la vista
CAPÍTULO 29. Una pesadilla sin fin
CAPÍTULO 29. Una pesadilla sin finAthena despertó en medio de la noche con la sensación incómoda de estar flotando entre dos mundos. La cabeza le pesaba como si tuviera un martillo dentro y le costó unos segundos entender dónde estaba. El cuarto era grande, silencioso, demasiado ordenado para sentirse propio. Parpadeó varias veces, intentando enfocar, y lo primero que notó fue la sequedad insoportable en la garganta.—Agua… —murmuró, aunque no sabía si lo había dicho en voz alta.Intentó incorporarse, pero el cuerpo no le respondió como esperaba. Los antihistamínicos la mantenían medio adormecida, lenta, torpe, y por un momento sintió un mareo que la obligó a quedarse sentada al borde de la cama, respirando hondo. Entonces lo notó: la urgencia. Necesitaba ir al baño y lo necesitaba ya.No recordaba cómo había llegado a ese cuarto ni cuándo se había puesto la bata que llevaba, pero se levantó igual, apoyándose en lo primero que encontró. Caminó a tientas, siguiendo la vaga intuición d
CAPÍTULO 30. Mía
CAPÍTULO 30. MíaCaroline soltó una risa breve, seca, forzada, como si todo aquello no fuera más que una exageración incómoda que podía barrerse bajo la alfombra con un gesto de desprecio. Se acomodó el cabello con una mano, cuidando de no mirar directamente a su hermano, y dio un sorbo a su café con estudiada calma, como si la escena no la afectara en absoluto.—No empieces con dramatismos, Cassian —dijo con molestia—. No fue para tanto. Esa chica exagera todo.Cassian se levantó, dejando el periódico a un lado y caminando hacia la ventana, donde permaneció de pie, inmóvil, con ambas manos apoyadas sobre el alfeizar. Sus dedos se tensaron lentamente contra la superficie pulida, marcando el inicio de algo que Caroline conocía bien y siempre había sabido sortear: la impotencia de ser desobedecido.—¿Las quemaduras en las manos de Athena son una exageración? —preguntó.—Más bien una falta de criterio. Debió obedecerme cuando le dije que se largara de esta casa. Simplemente no quiso.—Ya