All Chapters of 3 RAZONES PARA ODIAR: Chapter 31
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CAPÍTULO 31. Despertando con el enemigo
CAPÍTULO 31. Despertando con el enemigoAthena permaneció de pie unos segundos, con las manos vendadas apretadas contra su pecho, como si ese gesto pudiera protegerla de algo invisible pero omnipresente. Sentía el corazón desacompasado, todavía acelerado por todo lo que había oído. Cassian seguía junto a la ventana, mirando la ciudad con los hombros tensos y el silencio entre ambos se volvió espeso.—Fui al hospital —dijo ella al fin, rompiendo ese silencio con esfuerzo—. Solo quería ir a ver a mi padre.Su voz sonó más firme de lo que se sentía por dentro, pero aun así tuvo que tragar saliva al terminar la frase. Cassian giró apenas la cabeza, lo justo para mirarla de perfil, sin abandonar del todo la ventana.—No tienes permiso para salir de esta casa —respondió—. A menos que sea definitivamente, y ya sabes lo que sijgnifica eso.La frase cayó como un peso muerto en el aire. Athena sintió que algo se le apretaba en el pecho, como si esas palabras cerraran una puerta que no había sab
CAPÍTULO 32. Una mansa paloma
CAPÍTULO 32. Una mansa palomaAthena no se negó cuando Cassian le hizo un gesto hacia el baño. No porque estuviera de acuerdo, sino porque ya no tenía fuerzas para discutir ni para oponer resistencia a nada. Se metió en la ducha y dejó que el agua tibia le cayera encima, como si pudiera borrar, aunque fuera por un rato, todo lo que llevaba acumulado en el cuerpo y en la cabeza. Cerró los ojos y apoyó la frente contra los azulejos, respirando hondo, intentando convencerse de que aquello era solo un momento más, uno que pasaría como habían pasado otros.A fin de cuentas, pensó con una ironía cansada, él ya se había cansado de verla desnuda, y esa certeza le provocaba una mezcla extraña de alivio y vergüenza.No lo oyó entrar de inmediato, solo lo sintió. El cambio sutil en el aire, la presencia que irradiaba calor a su espalda sin necesidad de tocarla.Athena contuvo el aliento cuando aquellos brazos la rodearon alcanzando las vendas de sus manos y desatándolas despacio. El contacto del
CAPÍTULO 33. Informes médicos
CAPÍTULO 33. Informes médicosCassian se quedó apoyado en el marco de la puerta unos segundos más, como si estuviera midiendo cuánto decir y cuánto guardar para después.—No falta mucho para que lo sepas todo —sentenció al fin, rompiendo el silencio—. Tampoco comas ansias, no es como que la verdad te hará libre o algo así.Su voz sonó más seria que amenazante, pero aun así Athena sintió un pequeño nudo en el estómago. Había aprendido que esas frases vagas solían esconder decisiones ya tomadas.Dejó la cuchara sobre el plato con cuidado y lo miró directamente, porque al menos tenía que intentarlo. Con Cassian Wolf ya tenía el No asegurado, y no había forma de que la castigara más de lo que ya lo hacía por preguntar.—Quiero saber de mi padre —dijo apretando los labios—. No pude verlo… quiero hablar con él y…—No —declaró Cassia, pero ni por un segundo pareció sorprendido.En cambio, detrás de aquella negativa tajante, asintió una sola vez y le dio la opción que le parecía viable.—Orde
CAPÍTULO 34. Sentimientos reprimidos
CAPÍTULO 34. Sentimientos reprimidosAthena miró por la ventana del avión mientras la noche caía poco a poco sobre el ala. Las luces de la cabina estaban bajas y el reflejo del cristal le devolvía una imagen borrosa de sí misma: el rostro cansado, las manos todavía vendadas, los ojos demasiado abiertos para alguien que llevaba días durmiendo mal. Abajo, Copenhague se lucía como una ciudad iluminada y activa, lista para recibir a cualquiera que quisiera visitarla.—Hacía años que no salía de Alemania —murmuró Athena hablando más para sí misma que con Cassian—. Creo que desde que los negocios de mi padre empezaron a ir mal.Cassian no levantó la vista de la pantalla del portátil. Tenía una pierna cruzada y los hombros tensos, como si incluso sentado estuviera preparado para reaccionar ante cualquier imprevisto. Sus dedos se movían con precisión sobre el teclado, revisando líneas que Athena no podía ver.—Lo sé —respondió y la muchacha giró la cabeza hacia él. No esperaba esa respuesta t
CAPÍTULO 35. Los peores enemigos
CAPÍTULO 35. Los peores enemigosAthena no había querido escuchar. O, mejor dicho, había fingido no hacerlo. El apellido Wolf le había tensado los hombros desde el primer momento, porque ya no creía en las casualidades. No después de todo lo que le estaba pasando.Estaba sentada de espaldas a aquel hombre, así que no podía ver su cara; con una taza de café que ya se había enfriado hacía rato, pero sin perder ni una palabra cuando su tono empezó a subir de volumen, cargada de ese tono agrio de quien habla más para desahogarse que para ser entendido.—Para cuando Wolf se dé cuenta de que los puertos no eran míos para venderlos —decía con una risa breve y sin humor—, yo ya voy a estar en Bali, asoleándome como Dios manda. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa, como si la idea le diera un placer anticipado—. Pero primero hay que cerrar esto, claro. ¡Necesito cerrar este maldito negocio ya! Porque si no, no le gano nada al negocio de la familia. ¡Nada! ¡Demonios, no
CAPÍTULO 36. Una noche de pesadillas
CAPÍTULO 36. Una noche de pesadillasAthena no bajó la mirada. No esta vez. Había algo distinto en ella, una quietud tensa, como si por dentro todo estuviera ardiendo pero se negara a dar un paso atrás. Se quedó mirándolo fijamente, con los hombros rectos y el mentón en alto, aun cuando sentía el cansancio acumulado clavársele en el cuerpo.—Es cierto —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro—. Después de lo que me has hecho, no te creería nada.Cassian no pareció sorprendido. Apenas ladeó la cabeza, como si ya hubiera llegado a esa conclusión mucho antes que ella.—Ni antes ni después —respondió—. Nunca me creerías nada.Se encogió de hombros con una indiferencia estudiada, como si aquello no le importara en absoluto, y Athena notó el gesto mínimo de su mandíbula apretándose, casi imperceptible. ¿Qué demonios quería él exactamente que ella le creyera?—Pero está bien —añadió con una sonrisa peligrosa—. Después de todo, ser un monstruo es mi pasatiempo favorito.La fr
CAPÍTULO 37. Lo peor de un asesino
CAPÍTULO 37. Lo peor de un asesinoCassian le sujetó la barbilla con brusquedad, y aquellos dedos firmes se clavaron en su piel como si necesitara comprobar que era real, que estaba ahí y no era una ilusión peligrosa. Athena soltó un jadeo ahogado, sorprendida más por el gesto que por la fuerza, y sus manos se elevaron por reflejo, sin atreverse a tocarlo.—¿En qué momento te equivocaste tanto —le dijo él, con la voz baja pero cargada de furia contenida— como para pensar que esa información era una ventaja para ti?Athena sintió que el pulso se le disparaba. El corazón le golpeaba tan fuerte que le costaba respirar con normalidad. No había calculado aquello. No había medido el miedo en sus propios ojos ni la manera en que su cuerpo entero parecía tensarse, como un animal acorralado.—Cassian… —susurró, con la voz quebrada—. No es una ventaja. Yo no… no se lo diré a nadie. ¡Te lo juro!Él apretó la mandíbula y durante un segundo pareció debatirse consigo mismo, como si estuviera decidi
CAPÍTULO 38. Un deber cumplido
CAPÍTULO 38. Un deber cumplidoAthena terminó de vestirse frente al espejo con movimientos lentos y medidos, como si su cuerpo todavía no confiara del todo en el lugar en el que se encontraba. El vestido le quedaba perfecto, demasiado bien para alguien que seguía sintiéndose frágil por dentro. Ajustó la tela sobre sus caderas y respiró hondo, intentando no pensar en todo lo que había pasado para llegar hasta ahí.Cassian apareció detrás de ella sin hacer ruido; y Athena lo percibió antes de verlo, por esa presencia densa que siempre parecía ocupar más espacio del necesario. En sus manos llevaba una gargantilla ancha, pesada, cubierta de diamantes que reflejaban la luz con un brillo frío y calculado. La sostuvo unos segundos frente a su cuello, como evaluando el efecto, y luego la colocó con precisión, cerrando el broche con un clic suave.Athena sintió el peso inmediato alrededor de la garganta. No era incómodo, pero sí contundente. Los diamantes cubrían por completo las marcas violác
CAPÍTULO 39. La verdad donde más duele
CAPÍTULO 39. La verdad donde más dueleCassian se quedó pensativo durante un momento, inmóvil, con la mirada fija en el suelo de la terraza privada como si allí pudiera encontrar la grieta exacta por la que se había escapado algo tan grande. Athena lo observó en silencio, sin atreverse a interrumpirlo. Podía ver cómo su mandíbula se tensaba y cómo sus hombros se mantenían rígidos, señal inequívoca de que estaba procesando algo que no le gustaba en absoluto.—¿Cómo se me pudo escapar algo así? —preguntó al fin, más para sí mismo que para ella—. Un detalle tan importante… ¿cómo lo pasé por alto?La voz le salió baja, contenida, pero cargada de una irritación que no necesitaba volumen para imponerse. Athena respiró hondo. Sentía que ese era el punto exacto en el que podía retroceder o terminar de empujarlo todo hacia adelante, y decidió no retroceder.—Eso pasa cuando uno está distraído con lo que no debe —dijo él despacio y ella entendió que se refería a ella.—Y no hablas del contrato.
CAPÍTULO 40. Un ataque inesperado
CAPÍTULO 40. Un ataque inesperadoEl danés había pasado de la arrogancia al melodrama en cuestión de segundos. Hasta hacía un momento se había movido por la sala con la seguridad de quien cree tener todas las cartas a su favor, pero ahora tenía los hombros caídos y el gesto crispado. Se llevó una mano al pecho, respiró hondo y negó con la cabeza como si acabara de recibir una ofensa imperdonable.—Esto es un malentendido —dijo, modulando la voz para que sonara dolida, casi lastimera—. De verdad, Cassian, no sé cómo hemos llegado a esto. Jamás intenté engañar a nadie. Tú me conoces. Sabes que te respeto.Algunos de los presentes intercambiaron miradas incómodas. El silencio pesaba, y Cassian lo observó durante un par de segundos, con esa calma suya que siempre resultaba inquietante. No había rabia en su rostro, solo una frialdad controlada que anunciaba problemas.—Haznos un favor y cállate —dijo al fin, sin levantar la voz, pero con una firmeza que cortó cualquier murmullo—. Ese papel