All Chapters of 3 RAZONES PARA ODIAR: Chapter 51
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CAPÍTULO 51. La letra pequeña del contrato
CAPÍTULO 51. La letra pequeña del contratoEl silencio que siguió a la caída de Dorian fue breve, pero brutal. Apenas un par de segundos suspendidos en el aire, en los que nadie reaccionó, como si todos necesitaran confirmar que aquello estaba ocurriendo de verdad y no fuera una pesadilla colectiva. Luego, el caos estalló de golpe, rompiendo cualquier resto de solemnidad que quedara en la iglesia.—¡Llamen a una ambulancia! —gritó Audrey, llevándose las manos a la cabeza mientras se arrodillaba con torpeza junto al cuerpo inmóvil—. ¡Rápido, por favor, alguien haga algo!Sacó el teléfono con dedos temblorosos y empezó a hablar atropelladamente, dando la dirección de la iglesia, explicando que un hombre había colapsado en plena ceremonia. Su voz se quebraba a ratos, pero seguía hablando, como si dejar de hacerlo fuera peligroso, como si el simple hecho de mantenerse ocupada pudiera evitar lo inevitable.Athena cayó de rodillas junto a su padre sin pensar en nada más. El vestido se arrugó
CAPÍTULO 52. La decisión más difícil.
CAPÍTULO 52. La decisión más difícil.Las puertas de la iglesia volvieron a abrirse de golpe cuando llegaron los paramédicos. El sonido de la camilla rodando por el piso de piedra rompió el silencio espeso que había quedado flotando tras la amenaza de Cassian. Athena apenas se apartó cuando se lo pidieron; seguía arrodillada junto a su padre, con las manos manchadas de polvo y lágrimas, como si moverse fuera una traición.—Necesitamos espacio —dijo uno de los paramédicos, con voz firme pero amable—. Señorita, por favor.Ella se levantó tambaleándose. Iris estaba llorando abiertamente, con el rostro desencajado, aferrada al borde de un banco como si fuera lo único que la sostenía en pie; y Audrey se acercó a ella de inmediato, estirando las manos con un gesto torpe, desesperado.—Iris, por favor… —dijo—. Déjame ayudarte, yo…Pero Iris reaccionó como si la hubieran quemado, y la empujó con fuerza suficiente para hacerla retroceder varios pasos.—¡No me toques! —gritó—. ¡No quiero saber n
CAPÍTULO 53. 3 razones para odiar.
CAPÍTULO 53. 3 razones para odiar.El aeropuerto estaba demasiado iluminado para alguien que sentía que acababa de perderlo todo. Athena caminó por la terminal como si avanzara dentro de una burbuja, con el sonido de los anuncios, las voces y las ruedas de las maletas llegando amortiguados, lejanos. El mundo seguía funcionando con una normalidad ofensiva. A nadie parecía importarle que ella acabara de ser arrancada de su vida.Todavía le temblaban las manos cuando distinguió una figura conocida junto a una columna, cerca de una cafetería cerrada. Tardó unos segundos en creerlo.—¿May…? —murmuró, incrédula, deteniéndose en seco.May levantó la vista de inmediato. Tenía el gesto tenso y los ojos rojos, como si hubiera llorado más de lo que estaba dispuesta a admitir. En cuanto vio a Athena, se acercó sin decir nada, miró alrededor con rapidez y le tendió una bolsa de tela.—Lo siento mucho —dijo al fin, en voz baja, casi susurrando—. No tuve tiempo para más, pero logré sacar esto de la c
3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 1. Una vida nueva
3 RAZONES PARA AMARCAPÍTULO 1. Una vida nuevaDos años después.Athena abrió la cafetería como cada mañana, con el mismo gesto tranquilo que había aprendido a tener desde que su vida se había reducido —y a la vez ampliado— a un pueblito danés de apenas cuatrocientos habitantes. El lugar olía a pan recién horneado y café molido, y la campanita de la puerta sonó apenas levantó la persiana.Afuera, la calle principal todavía estaba medio dormida, con bicicletas apoyadas en las paredes y ventanas empañadas por el frío suave de la mañana. El cielo era de ese gris amable que no amenaza lluvia, solo acompaña.—Buenos días, Athena —saludó una de las vecinas mayores al pasar frente al mostrador, levantando la mano con familiaridad.—Buenos días, señora Nielsen —respondió ella con una sonrisa auténtica, acomodando una bandeja de tazas limpias.Eso era lo que más le gustaba del pueblo: nadie miraba dos veces, nadie preguntaba de más, todos saludaban por su nombre. Athena se movía entre las mesas
3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 2. Recuerdos de amor
3 RAZONES PARA AMARCAPÍTULO 2. Recuerdos de amorAthena estaba sentada en uno de los bancos del pequeño parque del pueblo, observando cómo las hojas amarillas y rojizas caían lentamente de los árboles.Se vio llegando al pueblito del que Harry le había hablado casi como quien recomienda un lugar bonito para pasar el verano. Recordó el autobús deteniéndose con un suspiro cansado, la puerta abriéndose con un golpe metálico, y ella bajando con una sola maleta y una sensación de irrealidad total. Todo le había parecido demasiado quieto, demasiado limpio, como si el mundo se hubiera detenido justo ahí para observarla llegar. Las casas bajas, los jardines cuidados, la gente caminando sin prisa.—Aquí es —se había dicho en voz baja—. No hay vuelta atrás.Se había quedado en un hotel diminuto, más parecido a una pensión familiar. La habitación olía a detergente barato y a madera vieja, pero era cálida. Tenía una ventana pequeña desde la que se veía un árbol enorme, y por alguna razón eso le h
3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 3. Enfrentando el pasado
3 RAZONES PARA AMARCAPÍTULO 3. Enfrentando el pasadoAthena cayó sentada en una de las sillas de la cocina como si las piernas ya no le respondieran. El teléfono seguía en su mano, tibio, pero apenas lo sentía. Volvió a leer la noticia por tercera vez, aunque las palabras ya se le mezclaban frente a los ojos y tenía que obligarse a enfocar."Después de una larga batalla contra el cáncer y pese a contar con los mejores tratamientos disponibles, el exmillonario Dorian Harrow se enfrenta a sus últimos días de vida…"El texto continuaba con párrafos largos y fríos. Hablaba de hospitales privados, de especialistas internacionales, de una fortuna que ya no era tal, de un apellido que alguna vez había sido sinónimo de poder. Athena dejó caer el brazo y apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla. Las lágrimas le rodaron en silencio, lentas, sin sollozos. Era un llanto cansado, antiguo, como si su cuerpo hubiera estado preparándose para ese momento desde hacía años.Harry la observaba desd
3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 4. Súplicas desesperadas
3 RAZONES PARA AMARCAPÍTULO 4. Súplicas desesperadas—¡Soy su hija! —espetó Athena, con la voz temblorosa pero decidida—. ¡Te guste o no, merezco despedirme de él!Audrey la miró como si acabara de decir una blasfemia. Estaban todavía en el baño de la cafetería, con el olor a jabón barato flotando en el aire y el zumbido amortiguado de las conversaciones al otro lado de la puerta.Su madrastra cruzó los brazos, rígida, recuperando poco a poco esa postura defensiva que Athena había aprendido a conocer al final, esa que usaba cuando decidía no escuchar.—¡Pues no lo voy a permitir! —respondió sin rodeos—. Soy su esposa. Yo decido quién entra y quién no.Athena dio un paso hacia ella, incapaz de contenerse.—¡Audrey, por favor! —insistió—. No quiero discutir contigo. Solo quiero verlo. Hablarle. Decirle adiós.Pero la mujer negó con la cabeza, tensa.—No —repitió—. Si te acercas a Dorian, Cassian retirará todo el dinero. ¡Todo! Y yo no tengo cómo cubrir los gastos. ¿Lo entiendes o te lo
3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 5. Que levante la mano el inocente
3 RAZONES PARA AMARCAPÍTULO 5. Viejos y nuevos rencores—¡Levántate!La voz de Cassian cayó como una orden seca, sin matices. Athena seguía arrodillada frente a él, con las manos apoyadas en el césped húmedo del jardín y la cabeza gacha. El frío le calaba las rodillas, pero no era eso lo que la hacía temblar. Era la mezcla de humillación, miedo y una desesperación tan grande que le apretaba el pecho y le robaba el aire.—Por favor… —dijo ella, entre sollozos, alzando apenas el rostro—. Te lo ruego. Si todavía queda algo de humanidad en ti… solo déjame despedirme de mi padre. Solo eso. No te pido nada más.Sus palabras salían entrecortadas, arrastradas por el llanto, y Cassian apretó la mandíbula. Ese gesto, esa postura, le resultaban insoportables. Le despertaban una rabia que no quería reconocer.—¡Levántate, Athena! —repitió, ahora con irritación—. ¡No vuelvas a ponerte así delante de mí! ¡Mucho menos por esa gente!Ella negó con la cabeza, incapaz de obedecer, aferrándose a esa últ
3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 6. Que levante la mano el inocente
3 RAZONES PARA AMARCAPÍTULO 6. Que levante la mano el inocente Athena se quedó completamente muda. La habitación parecía haberse encogido de repente, como si el aire fuera insuficiente para todos. Sentía el corazón golpeándole con fuerza en los oídos, un latido torpe y acelerado que no lograba acompasarse. Tenía la mirada fija en su padre, pero no estaba viendo realmente su rostro; veía la palabra trasplante rebotando una y otra vez en su cabeza, chocando contra recuerdos, culpas y preguntas que no sabía cómo formular. Si había existido una posibilidad real de salvarlo, entonces todo lo que había pasado cobraba un peso nuevo, insoportable.Iris, en cambio, no tenía ninguna intención de callarse.—¿Ahora entiendes? —dijo con un tono venenoso, cargado de resentimiento acumulado—. ¿Entiendes por qué todo esto es tan asquerosamente injusto?Athena giró apenas el rostro hacia ella, como si el movimiento le costara un esfuerzo enorme. Sus labios se abrieron, pero no salió ningún sonido; y
3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 7. Un asunto concluido
3 RAZONES PARA AMAR CAPÍTULO 7. Un asunto concluidoAthena sintió una tristeza inmensa, densa, que le cayó encima como una manta mojada. No fue solo por lo que acababa de escuchar, ni siquiera por la confesión de su padre. Fue algo más profundo, más íntimo. Mientras los miraba a todos —a Dorian en la cama, a Iris con los ojos enrojecidos, a Audrey rígida como una estatua y a Cassian apoyado cerca de la puerta—, su mente se fue, inevitablemente, a otro lugar.Recordó el momento exacto en que tuvo a sus hijos por primera vez en los brazos.Recordó el peso diminuto de Cian, el llanto furioso de Leo, la quietud sorprendente de Alya. Recordó cómo, al mirarlos, una certeza absoluta le había atravesado el cuerpo: jamás sería capaz de abandonarlos. Jamás. No importaba el miedo, el cansancio o la pobreza. La sola idea de dejarlos atrás le resultaba física y moralmente imposible.Y entonces pensó en ellos, en cómo se sentirían sus hijos si ella los abandonara. Ese pensamiento la hizo cerrar l