All Chapters of Obligada A Ser Su Amante: Chapter 181
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Capítulo 181
La declaración de la niña le partió el alma. Era tan dulce, tan pequeña… ¿cómo alguien no podría quererla?—Kiara, mi amor… —estaba tan conmovida—. No tienes ni idea del honor que sería para mí eso.La niña lloró en su pecho. Su cuerpecito agitándose completamente indefenso. —No llores, mi amor. Basta de lágrimas —le acarició el cabello, deleitándose con la suavidad del mismo—. Las niñas tan hermosas como tú, solo merecen sonreír mucho, ¿entendido?Ella se separó y asintió con su labio inferior temblando. Estaba luchando con los sollozos que todavía la sacudían. Pero odiaba que llorara tanto. Odiaba que siempre estuviera cabizbaja y deprimida. Era momento de que Kiara comenzara a mirar lo bonito de la vida. A sonreír. A entender que no estaba sola y tenía una familia que la quería.En la siguiente consulta con su psicólogo el pronóstico fue alentador.—Los felicito —dijo el hombre, mirándolos con admiración detrás de sus gruesas gafas de montura—. Se está tomando muy bien la noticia
Capítulo 182
Su doctora le había advertido que debía guardar reposo absoluto si quería que esto funcionara.Y eso hizo con ayuda de Selene, quien le había prestado su departamento y suministrado todo lo necesario para vivir cómodamente los meses que le restaban. —No tienes que pagarme nada. Marcos hizo mucho por mí durante mi embarazo. Esto es lo mínimo que puedo hacer por su hijo ahora que él no está —le había dicho ella con lágrimas en los ojos, cuando le hizo saber que no se sentía del todo cómoda con todo esto.Sabía que Selene lo hacía de corazón, era una persona noble, pero eso no quitaba el hecho de que a veces se sentía como una carga para ella y su marido.Esperaba que cuando su hijo naciera las cosas cambiaran por fin, que pudiera entonces trabajar y comenzar a valerse por sí misma, comenzar a tomar las riendas de su vida y darle un giro definitivo. ¿Qué giro sería ese? No lo sabía. Quizás comprar un boleto de avión e irse al otro lado del mundo.Inglaterra era un lugar que albergaba m
Capítulo 183
—¡Cielos, Diana! Me has asustado tanto —sollozó una voz muy cerca, mientras sus ojos apenas intentaban volver a acostumbrarse a la intensa luz—. No lo vuelvas a hacer, por favor.Cuando reaccionó, seguía estando en el quirófano con la diferencia de que ahora el anestesiólogo estaba sobre su cara: revisando sus ojos y sosteniendo en su nariz una máscara de oxígeno.El llanto de un niño resonó a los pocos segundos como una música melodiosa que no sabía que necesitaba escuchar antes de partir de este mundo.No, de ninguna manera se iría sin ver esa carita angelical, sin sentir el peso de su bebé sobre sus brazos.La muerte había querido reclamarla y, aunque en un instante se sintió tentada en ir tras ella —más si era Marcos quien la esperaba del otro lado— debía decirle que no por esta vez. No pensaba partir, no cuando tenía una motivación tan importante para vivir: su pequeño.Le permitieron verlo por un momento fugaz, un momento que su mente atesoró como el más valioso de toda su vida.
Capítulo 184
Los dedos de la mujer se deslizaron con lentitud sobre la última ecografía que se había realizado. «Una niña», pensó con una enorme sonrisa. La idea la tenía emocionada. Ahora Alan tendría otra hermanita y le había asegurado que cuidaría muy bien de ambas. La pequeña Kiara fue otra a la que le encantó la noticia, tanto que la noche anterior le trajo una de sus muñecas favoritas, mientras le decía con timidez que quería que la guardara para su hermanita. Ahora la niña se encontraba a su lado, guardando la primera ropita que la bebé utilizaría. Kiara había sugerido un conjunto blanco de encajes rosas. Era precioso. Y obviamente, había validado la opinión de la niña, aceptándolo sin demora. —Tienes un gusto increíble, cariño. —Le acarició la mejilla con dulzura. Ella sonrió. —Pero ahora falta que elijamos más, porque esto es lo primero que usará. ¿Luego qué le pondremos? La niña se puso manos a la obra y siguió buscando entre las prendas que había comprado. Verla así tan en
Extra 1: Propuesta
La pequeña Aitara tenía un año cuando el matrimonio Urdiales Ponce se enfrentó a un significativo dilema.Alejandro había estado resistiendo bien a la cabeza de una empresa que nunca fue su intención dirigir. La vida y las circunstancias lo llevaron a esto. Y, aunque odiaba todo lo que tenía que ver con temas administrativos, gerencia, estrategias financieras, tenía que hacerlo. Porque, ¿quién más lo haría si no él?Aun así, no podía dejar de pasar por la clínica de vez en cuando, aunque ya no como médico porque su ocupada vida no se lo permitía. Tenía tres hijos y una esposa. Tenía todo lo que quería, pero a veces sentía que faltaba algo. No podía dejar de observar sus manos y recordar todas las veces en que las utilizó de una manera que le hacía sentir vivo.A los dieciocho años no se largó de la casa de su padre solo porque sí; se largó persiguiendo un sueño que las cadenas que venían con su apellido no le habían querido permitir. Al final las cadenas lo alcanzaron, dejándolo atado
Extra 2: Nuevo comienzo
Para Diana regresar a Valparaíso no fue una decisión fácil. Sin embargo, lo hizo. Lo hizo porque, a pesar de lo malo y oscuro de su pasado, todavía tenía personas que aguardaban su regreso.Bajó del autobús con su bebé en brazos y una pequeña mochila tras su espalda, reconociendo a lo lejos la casa de su tía que aguardaba a unas pocas calles. Cada paso que daba estaba lleno de una mezcla de nerviosismo y esperanza. Nerviosismo porque en el fondo no sabía qué se encontraría detrás de aquella puerta, esperanza porque si de verdad su tía estaba allí, entonces su vida por fin tendría ese giro que buscaba. Respiró profundamente antes de tocar. Su bebé se removió en sus brazos por el golpeteo, pero insistió un poco más hasta que escuchó un perro ladrando a lo lejos y los pasos en el interior de la casa se sintieron. —¿Quién es? —preguntó la mujer mayor, abriendo la puerta con lentitud.Su tía Eloisa soltó un grito ahogado y abrió los brazos para recibirla, mientras las lágrimas la asalta
Extra 3: Un pasado
Tres años después...La vida le había sonreído por fin. Tenía su propia panadería en el centro de la ciudad, como lo había previsto su tía. No era grande ni muy ostentosa, pero sí bastante concurrida y eso le hacía sentir lleno el corazón.Lamentablemente, a veces el pasado no daba tregua y tocaba nuevamente a la puerta sin previo aviso.Diana estaba saliendo del local a eso de las diez de la noche cuando se topó de frente con un sujeto. Era un hombre alto, robusto, con un rostro grotesco. Las náuseas la asaltaron al segundo; su mente la devolvió a una habitación diminuta, a sábanas manchadas de fluidos, a gemidos fingidos. —Hey, panterita. —Su voz le revolvió el estómago.No hizo ademán de haber escuchado, solamente apuró el paso hacia su auto.Pero era más que obvio que ese tipo de personas no sabían cuándo rendirse. Eran insistentes, enfermizas. Se creían con derechos que ni en un millón de años obtendrían. Así que se preparó mentalmente para un enfrentamiento con aquel oso. Palpó
Extra 4: Desconocido
Nunca había sido fan de la sangre. Sin embargo, no pudo rechazar la mano manchada que le ofrecía. —Gracias —musitó, mientras la ayudaba a levantarse. Su atacante parecía inconsciente, pero vivo. —¿Deberíamos llamar a una ambulancia? —señaló al hombre en el piso. —¿Crees que escorias como esas merecen que las compadezcan?—No —negó, lentamente—. Pero no quisiera que te involucres en un problema por mi causa. Lo correcto sería que…—Lo correcto sería que se muriera.La frialdad de su declaración la dejó helada por un segundo y lo miró entonces, esta vez con verdadera atención: su rostro era anguloso, con una mandíbula bien definida, nariz recta, cejas tan oscuras como sus ojos, pobladas e intensas.—¿Te conozco? —frunció el ceño. Tenía un atractivo común, de ese tipo que podría pasar desapercibido entre tanta gente.Él señaló la panadería con la barbilla y entonces lo comprendió.—¿Eres cliente?—Sí. —Oh, comprendo. Muchas gracias —comenzó a hablar de forma atropellada, sin saber e
Extra 5: ¿Estoy loca?
Al día siguiente, se dedicó a observar con atención la cámara de vigilancia. A las cinco de la tarde, divisó al hombre que se acercaba; sin embargo, no entró en la panadería, se quedó cerca de la acera, junto a un poste, fumando un cigarro con la vista fija en la vitrina.No lo pudo soportar más; debía enfrentarlo. Así que salió, dejando que sus empleados se encargaran de todo. Bruno la vio salir airosa del establecimiento, pero no se inmutó. Su postura relajada e indiferente, la misma postura que tendría una persona que no tenía nada que temer. Sin embargo, él sí que debería temer, porque pensaba denunciarlo por acoso.—Me estás acosando —dijo, mirándolo fijamente. Mantuvo su barbilla en alto, y no mostró ni el más mínimo rastro de titubeo. No podía dejar que cualquier imbécil quisiera hacerla sentir amenazada en su propio espacio—. Tengo evidencia que lo certifica. Se sacó el cigarro de la boca y soltó el humo lentamente. Más allá de eso, no hizo ni un gesto. —Voy a llamar a la
Extra 6: Confesiones
Leyó la frase una, dos, tres veces, antes de alzar la mirada y encontrarse con esos pozos negros, tan profundos que parecían invitarla a caer en ellos.—¿Musa? —tartamudeó.Él cerró el libro con simpleza y se lo entregó.—¿No me recuerdas, Diana?Su ceño se acentuó, mientras negaba lentamente con la cabeza. —No —musito lentamente. —Es una pena. —Intentó levantarse y ella lo sujetó de la chaqueta.—Sé más claro —pidió. —Gaspar Alcasa, ¿te suena?Hizo un intento por recordar, por tratar de darle sentido a ese nombre en su cabeza. Pero no había nada. Ni un solo recuerdo, hasta que… abrió muy grandes los ojos y se trasladó a un invierno en el sur. Su padre aún vivía y estaba sentado junto a la chimenea esperando a un viejo amigo. La puerta sonó y su madre anunció la llegada de este. Gaspar estaba bajo el umbral con un grueso abrigo cubierto de nieve y a su lado un chico cascarrabias que le llevaba unos dos o tres años. Nunca le preguntó especialmente, aunque se vieron obligados a jug