All Chapters of La niñera virgen y el viudo que no sabe amar : Chapter 51
- Chapter 60
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Capítulo 49 - Aún el silencio
Cuando la pesada puerta de la biblioteca se cerró detrás de Lorenzo, el silencio pareció tragar todo a su alrededor. El sonido ahogado del cerrojo resonó como un golpe seco, y por un instante, Isabella se quedó allí, inmóvil, como si su cuerpo no hubiera podido seguir la rapidez con que todo sucedió.El aire seguía impregnado de su perfume discreto. Madera oscura, cuero, y algo que era solo suyo. El hombre que la confundía, la tiraba y empujaba con la misma intensidad, que la tocaba como si la necesitara y huía como si fuera peligroso sentir.Ella cerró los ojos e inhaló lentamente, tratando de calmar los acelerados latidos del pecho. Todavía podía sentir el toque de sus manos en su cintura, firme, protector... caliente. Todavía podía sentir su respiración tan cerca de su piel que parecía que el tiempo se había detenido por un segundo, solo un segundo, cuando ella se atrevió a creer que había algo allí. Algo más allá de la tensión. Algo real.Pero no lo había. No de verdad.Isabella s
Capítulo 50 - El amargo de la resistencia
Lorenzo VelardiLos días que siguieron al incidente en la biblioteca no fueron solo largos, fueron una travesía silenciosa entre lo que no se dice y lo que se siente con demasiada fuerza.Para Lorenzo, fue como caminar sobre arenas movedizas. Cada paso dado en el intento de ignorar a Isabella solo lo hundió más en la incómoda realidad de que ella ya estaba en su sangre. Era una prueba, un castigo, una confrontación con todo lo que ha pasado su vida negándose a afrontar.Para Isabella, por otro lado, los días parecían una eterna repetición de ausencias. No faltaba comida, ni trabajo, ni palabras educadas. Faltaba presencia. Faltaba aquello que nunca existió de hecho, pero que, por instantes robados, ella creyó haber sentido: la posibilidad de ser vista. Deseada no solo por el cuerpo, sino por el alma entera.Lorenzo, como siempre hacía cuando los sentimientos amenazaban con romper el muro que construyó alrededor de su propio pecho, se retiró. Y esta vez, no fue un simple paso atrás. F
Capítulo 51 - Fantasmas en el pasillo
La puerta se cerró con un ligero chasquido, suave, casi imperceptible. Pero para Lorenzo, aquel sonido resonó como un trueno contenido dentro del pecho.Isabella se había ido. Y él… seguía allí, inmóvil. Los dedos aún presionando el borde frío del lavabo, como si aquella superficie dura pudiera impedir que algo dentro de él se rompiera por completo. El corazón le golpeaba fuerte, descompasado, el cuerpo intentando compensar años de silencios, de control, de negación. Miró la silla donde ella había estado segundos antes. El vaso de jugo, todavía húmedo, había dejado una marca sobre el mármol, una gota solitaria resbalando, como si quisiera quedarse allí, recordando que ella había existido en ese espacio.Ella vive en todos los espacios. En la biblioteca, donde el roce de su piel aún ardía en la memoria.En los pasillos, donde él contenía la respiración para no mirarla. En los gestos suaves con Aurora, en su voz firme y dulce. En esos ojos que parecían ver más allá de las palabras, más
Capítulo 52 - Huyendo de ella
La madrugada parecía viva. El silencio ya no era alivio, sino un enemigo. Lorenzo cruzaba el pasillo oscuro de la mansión como un fantasma, con pasos firmes, la mandíbula tensa y la mirada encendida de cólera. El contacto con la manija de hierro era gélido, pero su piel ardía como si la fiebre le recorriera las venas.Abrió la puerta principal con fuerza, sin importarle el ruido. Necesitaba salir de allí. Necesitaba alejarse de ella.—Maldita seas… —murmuró entre dientes mientras atravesaba el jardín, el viento golpeándole el rostro y despeinando el cabello aún húmedo por el baño que se había dado, en la inútil esperanza de borrar de su piel el olor de ella.Isabella.La había evitado durante días. Había pasado junto a ella en el pasillo sin mirarla. Ignorado los buenos días, las sonrisas, el brillo en los ojos que ella intentaba ocultar. Había actuado como un extraño en su propia casa: encerrado en la biblioteca, en reuniones interminables, fingiendo tener más trabajo del que realmen
Capítulo 53 - Sentimientos que se desbordan
—Estás enamorado, ¿verdad?Él se levantó bruscamente, encendió un cigarrillo y caminó hacia el balcón. Boston, allá abajo, seguía viva, indiferente a su miseria emocional.—No puedo enamorarme de nadie —murmuró, aspirando hondo.—No dije que podías. Solo dije que ya lo estás.Lorenzo guardó silencio. El cigarrillo ardía entre sus dedos, y el viento de la madrugada le golpeaba la piel sudada. Valentina permaneció de pie junto a la cama, el cuerpo cubierto por una bata ligera y la mirada fija en la espalda tensa de Lorenzo. Lorenzo no dijo nada más, solo fumaba, como si el humo pudiera adormecer la verdad que le quemaba por dentro. El silencio entre ambos era tan denso como la tormenta que se formaba en el cielo.—Sigues siendo el mismo cobarde de siempre, Lorenzo —dijo al fin, con voz baja, sin intentar sonar amable.Él no volvió. Con los ojos perdidos en la ciudad iluminada frente a sí, como si Boston pudiera ofrecerle alguna respuesta. Pero la ciudad, como siempre, seguía indiferente
Capítulo 54 - El borde de lo incontrolable
Los días que siguieron al regreso de Lorenzo aquella madrugada de lluvia fueron como un castigo que se arrastraba, silencioso e implacable, por las paredes frías de la mansión Velardi. El tiempo parecía moverse más despacio, como si el universo hubiera contenido la respiración, esperando un desenlace que nadie sabía nombrar.Lorenzo, antes solamente distante, ahora era ausencia. Se encerraba en su despacho durante horas, hundido entre montones de papeles que fingía revisar. Salía a reuniones interminables y regresaba demasiado tarde, siempre con la mirada nublada, como si cargara el peso del mundo sobre los hombros. Cuando la inevitabilidad lo enfrentaba a Isabella —por causa de Aurora o por descuido—, mantenía la mirada fría, el semblante impenetrable, la voz seca, precisa, impersonal.
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Capítulo 55 - Donde el dolor se acuesta con el deseo
Isabella FernandesCerré la puerta de mi habitación con prisa, casi tropezando con mis propios pies. Mis dedos temblaban al girar la llave en la cerradura, como si el simple sonido del cerrojo pudiera proteger mi corazón de estallar. Apoyé la frente contra la madera fría por unos segundos, intentando atrapar el aire que no llegaba. La respiración me salía entrecortada, frágil, como si hubiera corrido kilómetros, cuando en realidad era por lo que acababa de suceder.Mis ojos estaban húmedos, llenos de lágrimas que ardían detrás de los párpados, y el pecho… el pecho parecía arder. Como si alguien hubiera encendido un fósforo justo en el centro de mi corazón y luego dejara que las brasas consumieran el resto de mí.
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Capítulo 56 - El sueño que ardía por dentro
Lorenzo tardó en dormir aquella noche.Después de que Isabella subió corriendo las escaleras, con los ojos llenos de dolor y el cuerpo temblando, él permaneció en la sala por largos minutos, inmóvil, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, aún húmedo. Su respiración pesada, y el corazón, aun contra su voluntad, latía como si acabara de atravesar una guerra.Antonella no dijo nada. Solo lo miró. Con ojos de madre. Con la sabiduría de quien ve más allá de lo que se pronuncia. Y él, como siempre, subió las escaleras sin contestar. Cerró la puerta del cuarto. Se desvistió con prisa, como si el tejido pegado a su piel cargara el peso del error. Arrojó la camisa mojada al s
Capítulo 57 - Lo que queda del silencio
Isabella FernandezEl sol de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas, tiñendo el cuarto con una luz suave y dorada, pero dentro de mí no había calor. Solo un vacío denso, palpitante, como si la noche anterior siguiera pegada a mi piel, como si los ojos de él aún me mirasen, sus palabras duras continuaran resonando en los pasillos de mi mente.A mi lado, Aurora dormía profundamente. Su cuerpecito pequeño enroscado bajo la sábana, la boquita entreabierta y el bracito extendido sobre mi cintura. Su respiración era tranquila, constante. Un sonido que, por sí solo, parecía recomponer algo en mí. Como si aquella niña frágil y luminosa fuera el único lazo entre la mujer que yo todavía era y la que estaba intentando no dejar morir.
Capítulo 58 – El Sabor del Casi
Lorenzo VelardiLa observé salir de la cocina en silencio, con el jugo aún por la mitad en el vaso. No corrió, no gritó, no dio portazos. Pero aquel silencio… era casi un grito. Era el tipo de ausencia que se queda impregnada en el aire como un perfume que nunca vuelve a olvidar.Su ropa sencilla, una blusa clara que se deslizaba por un hombro, revelando un pedacito delicado de piel. El moño flojo, hecho a las prisas, con algunos mechones sueltos cayendo por la nuca. Los pies descalzos, los ojos bajos. Cada detalle, por mínimo que fuera, cargaba su presencia como un rayo silencioso de alguna tormenta a punto de desatarse.Ella no miró hacia atrás. No esperó que yo dijera nada. Simplemente… se fue. Y